Plegaria para el examen degrado.


Cristo que me das la espalda

Poder que no me ves

Apiádate de mi alma

Escúchame esta vez.

Dame la última fuerza

Para el último peldaño

Que tras todos estos años

No haya un último revés

Reconozco -Cierto es-

Que esto me importa poco

Que me rasqué los cocos

Con los articulocos

Más de alguna vez

Llevo seis meses leyendo

Como un monje solitario

Pierdo la vista a diario

Mi cabello ya se fue

Señor que no me ves

Termina con mi calvario

Sólo pido que ese trío

De viejos mercenarios

No me chante un tres.

EXCESOS DEL HOMBRE MEDIO




Señores, se viene un saco de Peras... lanzamiento próximamente, con su correspondiente fiesta a la que por supuesto están invitados.

Gracias desde ya a todos los que me han apoyado, en todos estos años de dar a luz estas Peras, a los que regaron con paciencia y comprensión, a los que fertilizaron con sus palabras de aliento y a la fe de todos los que creyeron , creen o han creído que este árbol aunque es Olmo, da Peras.


Un Cuento de Navidad



El traje me quedaba bien, pero claramente no fue diseñado para el verano de Sudamérica. El viejito de Coca-Cola me tiene hecho una sopa, y sus colores albinos, creados con una base de maquillaje, se desvanecen en mi cara, develando mi bronceado fascinante, en algunas partes de mi cara. En resumen, soy un zombie navideño, si un niño se acercara, simplemente lloraría y pediría que nunca más haya navidad, que nunca más le traigan regalos, y se portaría mal todo el año por no verme aparecer de nuevo.

Llegamos a la primera casa y nos fue bastante bien. El éxito sin duda no lo tiene el viejito, sino la duendecita (mi compañera de universidad que me metió en esto), cuyas indisimulables curvas alegran la navidad del dueño de casa, cuyos libidinosos “¡jo jo jo!”, llenarían de espíritu navideño a cualquier ateo. Nos pagan una buena cantidad de billetes, lo que me hace pensar que esto es lo más cercano que he hecho a la prostitución: por una noche, visitando con un disfraz cinco casas, cobrando casi cuarenta mil pesos la hora, les hago mágica la fiesta.

Partimos a la segunda casa, esta vez en Las Condes y no en Lo Barnechea, y el resultado es más cercano a lo que yo me imaginé. El menor me vio entrar, y sencillamente entró en pánico, corrió despavorido y se escondió entre una puerta y otra, temblando. Los padres intentaban tomarlo con humor y yo moría de pena de imaginarme qué pensará el niño al verse amenazado por un viejo enorme que invadía su casa. Resolvimos el impás, asomando los regalos por el rincón en el cual se escondía el niño y se los fuimos entregando uno a uno. Los aceptaba con su manito temblorosa, esperanzado seguramente de que así lo dejaríamos en paz, y así fue. Partimos entonces a un departamento a pocas cuadras del lugar.

La madre era una señora que me había llamado todos los días desde que nos contrató, para llenarnos de instrucciones absurdas, como hablar sobre el significado de la navidad, que lo importante no eran los regalos, sino el nacimiento, vida y obra de Jesús, y otras cosas que para los niños son mucho más difíciles de creer que en el milagro de un regalo contante y sonante. En paralelo me llamaban sus hermanas, para decir que ella era un poco fanática, que no nos preocupáramos tanto, pero sí que nos aprendiéramos los sobrenombres y chistes internos de la familia, para ridiculizar a los adultos. Me aprendí, no sin esfuerzo, los nombres, edades y notas en el colegio de cada niño, asociados a su respectivo retrato, y los nombres y el regalo especial que cada adulto debía pedir.

Entramos y nos recibió la señora, que era como una vela: una vieja larga y seca que le corre la manteca. Pasamos y nos puso al medio de un círculo instalado en el living, con un monte sinaí de regalos que los niños no paraban de mirar, y sólo dejaban de hacerlo para decir con la mirada “reparte luego viejo de mierda”. Saludé, largué un mortecino “jojojo” y empecé como loro a cacarear lo aprendido. Iba perfecto con cada niño, y estaban todos emocionados, hasta que llegué a Rafaelito (por supuesto el hijo de la vela), cuyo nombre era en realidad Joaquincito y que me delató como un viejo farsante. Entonces me salvó una de las hermanas de la vela, haciéndome recitar los regalos de los tíos: un solarium en la casa para una tía que tenía uno de esos bronceados que parecía que la señora estuvo congelada en carbonita, como Han Solo; un marido para la tía soltera pero sexualmente activa, un gimnasio para un tío que tuvo un pasado glorioso y que ahora ostentaba un presente grasoso; azúcar para la vela, para que no sea tan amarga, y ahí sí terminó de condenarme al fuego eterno con los ojos, mientras las tías celebraban mi autodestrucción. La media hora siguiente la pasamos con la duende repartiendo uno por uno los infinitos regalos, diciendo el nombre de cada uno, incluidas dos jovencitas de dieciocho, dos rubias espectaculares vestidas de monjas que se avergonzaban de recibir regalos del viejito, viejito que poco podía disimular la cara de “¿por qué mejor no se suben a mi trineo?”. Soltó la señora un cheque, que escribió en forma lenta, pausada y llena de odio, y salimos.

Íbamos a toda velocidad por Walker Martínez a la cuarta casa, cuando nos pilla en un semáforo un fiat palio lleno de neones azules, con un escape que rugía y el woofer haciendo temblar varios estómagos a la redonda. Se asoma por la ventana la versión humana de un pitbull, con un collar de púas en el cuello, los músculos de los brazos que se salían por la ventana del palio y cara de tener pocos amigos (lo que no es verdad, porque al menos tenía uno igual a él en el asiento del copiloto, y dos señoritas con apariencia de sexualmente ávidas en el asiento trasero). Mientras me imaginaba en cuántas formas nos podían destrozar, el pitbull grita: “¡casha, el viejo pascuero!”. “Weeeeena” atiné a contestar, y me puse a cabecear al ritmo del woofer anti digestión. Cabeceamos todo el tiempo que duró el semáforo, y dejé que me adelantaran y se perdieran en la noche. Llegamos a la cuarta casa, donde nos pagaron menos, pero nos quisieron más. Nos sentaron con ellos, saludamos a los niños, conversamos con todo el mundo y nos regalaron galletas. Salimos de ahí más tranquilos –nos quedaba una hora para la última porque nos pidieron llegar después de la una de la mañana-, menos sopeados gracias al frío de la noche, y más contentos con la plata en el bolsillo. Nos estacionamos en una calle oscura a comer galletas, para lo cual me saqué la barba y nos reímos juntos de la maratón navideña, especialmente de las miradas del padre libidinoso hacia ella y las miradas de la vela pontificia hacia mí. A medida que nos acercábamos y hablábamos y nos dábamos cuenta de que no había nadie alrededor, el espíritu navideño se apoderaba poco a poco de mí, pero no hice nada al respecto, más que mirar al frente la oscuridad. Me ayudó a ponerme la barba muy despacio, muy cerca, y sentí el olor a frutilla de sus mejillas pintadas rojas con puntitos. Se alejó y mi barba se enredó en su gorro, y tuvo que acercarse de nuevo para desenredarnos. Todavía me arrepiento de no haber hecho más que prender el motor y partir.

La última casa estaba como la primera, en el borde de un cerro, esta vez al final de Las Condes, dentro de un condominio de esos que se llaman “valle algo”, y que de valle no tienen nada. Tocamos el timbre y nos sorprendió la dueña de casa con una misión comando, que consistía en dejar los regalos y asomarnos al patio donde estaban distraídos los niños, saludar y desaparecer. Al asomarnos al patio los niños prorrumpieron en chillidos y gritos de emoción, y por primera vez en la noche, sentí que era el viejo pascuero, que alguien me había creído. Le sonreí a una niñita crespa y regordeta, y desaparecí dejando retumbar un “¡JO! ¡JO! ¡JO!”, bello y poderoso contra el eco de la loma. Salimos y la señora nos agradeció, nos conversó, nos tramitó hasta que por fin, redactó el cheque. Nos subimos en el auto y se escucha la enorme puerta de la casa abrirse de par en par, y la voz de la niña que grita eufórica y esperanzada primero, apagada y triste después: Y el viejo pascuero se va... en su auto.

Sin pie y sin intereses




Dormía el cojo bajo el Diego Portales.

Silencio


Entro todos los días cuando todavía no hay sol. Salgo todos los días cuando el sol ya no se ve (excepto los sábados que salgo a media tarde y los domingos, porque no estoy). Sé que trabajo de día, porque cuando no estoy trabajando, es de noche. Abro todo el día ventanas y más ventanas, pero frente al monitor: la luz no entra por ninguna parte. A veces me zumba la cabeza con tanto silencio, y chasqueo la lengua en secreto, para no sentir que soy un fantasma. He leído las carátulas de tantos libros, que no podría nombrar uno solo sin temor a equivocarme. No soy tan joven como antes: temo cada día un poco más a las enciclopedias de dimensiones desmedidas y a los códigos o diccionarios con densidades y pesos fuera de regla. Las películas en cambio, me gustan mucho más. Son livianas y fáciles de apilar. Algunas tienen colores y dibujos en las portadas, otras tienen títulos graciosos que me hacen sonreír mientras las ordeno. De esas me acuerdo durante las noches, en las que, para poder dormir, chasqueo la lengua en secreto.

Luz en el camino


“Es de esas cosas irresistibles, que le pasan a uno una vez en la vida. Esas cosas con las que uno no espera encontrarse en este mundo, pero que de pronto, aparecen imponentes ante nosotros, y nos damos cuenta: siempre las hemos necesitado, anhelado, deseado. Se insertan en nuestra vida, y sin ellas nos sentimos como vacíos, solos, incompletos. Esta era una de esas cosas. Primero sentí su presencia a mi izquierda, suave, pero insistente. Y me giré para ver: quedé absorto. Me sentí pleno, tibio, acogido a pesar de mi pequeñez ante semejante grandeza. Tan poderosa y a la vez tan cercana. Tan diáfana, que no puedes verla bien. No como aquellas que se ven a la distancia, cosas que uno cree pueden darle alguna satisfacción, cosas son lejanas, cosas por las que uno lucha y lucha, por supuesto inútilmente. Esta vez todo fue tan distinto. Tan especial. Y cuando la enfrenté, me invadió un deseo tan irresistible, irrefrenable. Estaba seguro, no tenía miedo. Y me acerqué. Con rodeos, vueltas giros, como queriendo evitar lo que sabía inevitable, tratando de prolongar más el disfrute de este momento, que sabía no tendría de nuevo, pero que bastaba con vivir una vez. Y me acerqué más hasta sentirme invadido de un calor intenso, muy intenso...” Y luego de decir aquello, en trepidante descenso cayó la polilla, sin antenas y un ala rota, a esperar que un zapato pusiera fin a su agonía.

El hombre más fuerte del mundo


Se sentó a dos asientos del mío en la micro. Su hedor todavía me persigue.

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